05/11/2025. Nacido en Roanne (Francia) en 1940, Miguel Alcalá —de nombre original Michel Bertrand— fue un pintor profundamente humano, bohemio y sensible, cuya obra trascendió fronteras para fundirse con la esencia del alma gitana del sur de España. Gran maestro en técnica de la acuarela, la cual dominó con maestría y fue base de su legado, dejó más de mil obras dedicadas al desnudo, género en el que alcanzó gran reconocimiento en Francia y otros países europeos.
El rumbo de su vida cambió en agosto de 1962, cuando viajó a Sevilla movido por la fascinación que le despertaba el cante jondo. Allí conoció al legendario Manolito de María (Alcalá de Guadaira, 1904 – Sevilla, 1966), figura esencial del flamenco. De aquella amistad sincera y honda nacería no solo un vínculo artístico y humano, sino también su nueva identidad: Miguel Alcalá, nombre que adoptó en homenaje a su amigo y maestro del cante.
Desde entonces, Andalucía se convirtió en su patria espiritual. Su pintura se impregnó del pulso vital de la Baja Andalucía, especialmente de las sagas gitano-flamencas de Lebrija y Utrera, donde convivió con familias como Los Pinini —Fernanda, Bernarda, Funi, Pedro e Inés Bacán, Bastián y Chacha María Peña—. Con ellos compartió la intimidad de los patios, los cantes y los silencios; y en esa convivencia cotidiana halló la autenticidad que buscaba: la del ser y el sentir gitano.
Miguel Alcalá rechazó la mirada folclórica y estereotipada con que tantas veces se representó al pueblo gitano. Su arte brota del encuentro y no de la búsqueda; de la espiritualidad sin artificios, del gesto natural, del instante verdadero. Sus trazos, que nacen “de dentro hacia fuera”, son el eco plástico de los saberes y sentires transmitidos entre generaciones. En su obra, el dibujo se convierte en una forma de cante: cada línea, una voz; cada sombra, un compás.
Su producción dedicada a la “gitanidad identitaria” constituye un testimonio visual y emocional de un mundo íntimo, familiar y sagrado. El hogar y la familia son sus templos, y en ellos descubre la grandeza de lo humano. Su pintura no describe: revela. Atrapa lo invisible —la dignidad, el dolor, la alegría callada— y lo libera del tópico y de la incomprensión.
El reconocido pintor Jacques Lasserre llegó a decir de él: “Miguel es el mejor”. Y sin duda, sus trazos, su obra repartida hoy por todo el mundo, da fe de esa afirmación. En Sevilla, el Museo del Flamenco conserva varias de sus piezas, y en Utrera se prepara una exposición permanente de más de cien obras —propiedad de Manolito Pelusa y Luis Peña Vargas— cedidas a la Asociación Cultural Flamenca El Compás que nos Une.
Miguel Alcalá falleció en 2023, dejando tras de sí una herencia artística única: la de un pintor francés que, sin pretenderlo, fue el más gitano de los artistas, aquel que supo pintar el alma gitana con el respeto y la verdad de quien amó hasta confundirse con su objeto de inspiración.
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